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Historias de la Historia de Carli Claa

15/01/2012 – El día que Illia fue destituido y dio una lección de civismo

 


El día que Illia fue destituido y dio una lección de civismo

Por Carlos C. Claá *


A 29 años de la muerte del médico y político argentino.

“En representación de las Fuerzas Armadas, vengo a pedirle que abandone este despacho”, le dijo Alsogaray a Arturo Illia, el 28 de junio de 1966. Tres años antes, el último había asumido la Presidencia de la Nación, tras la proscripción del peronismo y con un porcentaje de votación del 25%, tan bajo que solo fue superado por Néstor Kirchner en 2003.

“Usted no representa a las Fuerzas Armadas”, espetó el presidente. “El Comandante en Jefe soy yo”. Y señalando la Constitución Nacional, que yacía a su lado, les indicó que de ahí emanaba su poder. Era de madrugada y el médico bonaerense se rehusaba a dejar su mandato en manos militares: “Me quedo trabajando en el lugar que me ordena la ley y mi deber. Le ordeno que se retire”.

Sin más, Alsogaray decidió irse. Pero en breve el Coronel Perlinger ingresaba al despacho presidencial. “En nombre de las fuerzas armadas vengo a decirle que ha sido destituido”, le planteó, y luego se corrigió: “Me rectifico, lo digo en nombre de las fuerzas que poseo”. La discusión tampoco duró demasiado, ni llegó a mayores. Ante la negativa, el Coronel se retiró. Pero pronto iba a volver con un grupo de efectivos de la Policía Federal, quienes portaban pistolas lanza gases. El presidente supo que no podría rehusarse más.

Arturo Umberto Illia había nació junto al siglo XX, un 4 de agosto. Se recibió de médico en la UBA y en 1928 se entrevistó con el entonces presidente Hipólito Yrigoyen, quien le ofreció trabajar como médico ferroviario. Tras aceptar, Illia debió mudarse a Cruz del Eje, Córdoba. Fue vicegobernador de esta provincia y diputado de la nación. Toda su vida militó en la Unión Cívica Radical. Desde el 12 de octubre de 1963 ocupaba el mítico sillón de Rivadavia.

El Coronel Perlinger insistió al presidente con que abandonara sus funciones. Entonces Illia levantó su cabeza, se dirigió tanto al coronel como a sus subordinados y dio una escueta, pero certera lección, de esas que no se olvidan: “Su conciencia les va a reprochar lo que están haciendo. Acuérdense, cuando les cuenten a sus hijos lo que hicieron en este momento, sentirán vergüenza”.

La tropa avanzó hacia el presidente, pero no pudieron acercarse porque todos sus colaboradores lo rodearon. Luego de unos momentos, y muchos empujones, Illia y sus asistentes eran desalojados por un minúsculo grupo de personas del lugar al que había llegado a través de las urnas.

Al salir, Arturo Illia vio a un grupo de soldados tirados cuerpo a tierra apuntando sus armas a la fachada rosada de la casa de los argentinos. Habían pedido que el auto presidencial lo transportara, pero el hombre era tan digno y humilde que bajo las escaleras como un ciudadano común, frenó un taxi que pasaba y se subió.

Durante sus años de presidencia, Illia recibió innumerables críticas. Como indica el periodista Pablo Mendelevich en su libro El final: “Era objeto de burlas y reproches, a menudos originados en su lado virtuoso”. Es por eso que los opositores, que eran casi todos, ironizaban con su austeridad, con el excesivo respeto a las leyes, con la increíble sumisión al republicanismo –cuando era paciente frente a un Congreso que rechazaba cada iniciativa oficial–. Fue ganándose el mote de lento, que imponía la prensa política, y llegó a aguantar que soltaran tortugas en la Plaza de Mayo.

Se fue de la Casa Rosada con 65 años. Y, a pesar de todo, su prestigió fue creciendo luego de que se retirara de la actividad política. Por aquellos años nadie medía la imagen positiva de los candidatos, pero de ser así, Don Arturo hubiese liderado el ranking. Porque la gente valoró la dignidad, el honor y la decencia de este hombre que en su último momento dentro del despacho presidencial, dio una lección completa de ética a aquellos que debían desalojarlo. Ningún golpe de estado produjo tantos arrepentidos como el de 1966.

Décadas después, el mismo Coronel Perlinger, quien le había exigido la renuncia, escribía: “Hace 10 años el Ejército me ordenó que procediera a desalojar el despacho presidencial. Entonces el doctor Illia serenamente avanzó hacia mí y me repitió varias veces: Sus hijos se lo van a reprochar. ¡Tenía tanta razón! Hace tiempo que yo me lo reprocho porque entonces caí ingenuamente en la trampa de contribuir a desalojar a un movimiento auténticamente nacional”.

La carta continuaba: “Usted me dio esa madrugada una inolvidable lección de civismo. En público reconocimiento que en 1976 hice de mi error; si bien no pude reparar el daño causado, da a usted, uno de los grandes demócratas de nuestro país, la satisfacción de que su último acto de gobierno fue transformar en auténtico demócrata a quien lo estaba expulsando por la fuerza de las armas de su cargo constitucional”.

Dos meses después de ser destituido, Arturo Illia quedó viudo. En 1974 volvió a vivir a su provincia de adopción y en 1979 fue recibido por el Papa Juan Pablo II. No llegó a conocer el triunfo de la UCR, ni disfrutar del regreso de la democracia, en 1983. A los 82, el 18 de enero de ese año, murió.

Don Arturo no hubiese aceptado la flamante, conformista y popular frase que muchas veces resuena en la gente: “Que roben, pero que hagan cosas”. Si una enseñanza dejó, es que la dignidad es la primer virtud que un político debe tener. No se enriqueció antes, durante, ni después de asumir la presidencia y respetó las instituciones y a la prensa hasta sus últimas consecuencias. Hay valores que no se deben olvidar. A 29 años de la muerte del doctor Illia, es un buen momento para recordarlo.

 

*Abogado, diplomado en Historia Política Argentina. Estudiante de Periodismo.

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